martes, 23 de marzo de 2010

Pesaj - Un Seder Sin Vino



¿Un seder sin vino?

¿Cómo puede ser? preguntarán ustedes.

Todos saben que debemos beber cuatro copas de vino en el seder, en recuerdo de las cuatro etapas de liberación de la esclavitud egipcia. De hecho, tan importante son estas cuatro copas de vino que recitamos una bendición sobre cada de ellas, al tiempo que sobre la primera copa de vino hacemos el Kidush.

¡Un seder sin vino es casi impensable! Con todo, sucedió una vez que toda una comunidad judía tuvo que hacer el seder sin vino.

De eso trata nuestra historia.

Sucedió hace muchos años, en una tierra gobernada por un rey que era bondadoso con los Judíos. De hecho, uno de sus mejores amigos era el Rabino de la comunidad Judía, a quien el rey admiraba por su sabiduría y conocimientos, bondad y humildad - una combinación de virtudes que no había encontrado entre sus propios cortesanos.

El rey simplemente disfrutaba pasar el tiempo con el Rabino, analizando temas de importancia. Y cuando tenía algún problema, pedía su consejo y nunca tuvo razón alguna para lamentarse de haberlo hecho.

Todo habría marchado bien, de no ser porque tenía un Primer Ministro para nada amigo de los judíos, que sentía especialmente celoso de la amistad que el rey mostraba al Rabino.

Cierto día, el Primer Ministro preguntó al rey por qué mostraba semejante amistad hacia el Rabino.

"¿Por qué no?", preguntó a su vez el rey. "Admiro su sabiduría y erudición; en su corazón no hay más que bondad y temor a Di-s, es de lo más leal a mí y desea mi bien. ¡Ciertamente merece mi amistad!"

"¿Qué pasaría si yo probara a su Majestad que el Rabino no es nada de lo que simula ser, y que a espaldas de su Majestad no dudaría en quebrar sus leyes y hablar con desprecio del rey?"

"Dudo mucho que puedas probar algo así", contestó el rey confiado. "Pero si lo haces, ya sabré cómo tratarlo. Por otra parte, si no logras probar tu imprudente acusación, ya sabré cómo tratarte a ti. De modo que, mi estimado Primer Ministro, ¿cómo propones demostrar tu acusación?"

"Pasado mañana los judíos comienzan a celebrar su Festividad de Pesaj. En las primeras dos noches de la Festividad celebran un banquete especial -ellos lo llaman "Seder"- cuando beben cuatro copas de vino. Tan importante es el vino para su seder que un judío vendería gustoso su última canosa para tener vino para el seder.

Ahora bien, sugiero, Majestad, que órdenes que el Rabino diga a los judíos que nadie, ni siquiera el Rabino mismo, ha de beber siquiera la más mínima cantidad de vino en el seder. Entonces verás si él y los demás Judíos cumplen tu orden, y qué es lo que dicen sobre su Majestad...".

"¿Y cómo lo averiguaremos?", preguntó el rey.

"Sé que antes de que el Rabino se sienta a su propia mesa del seder visita la casa judía de huéspedes, donde se organiza un seder público para los judíos pobres y sin hogar que casualmente pasan por el pueblo. Si nos disfrazamos, nos resultará fácil mezclarnos entre la gente y estar presentes, como testigos, en el seder".

"Pues que así sea", aceptó el rey. "Pero te lo advierto: ¡Te juegas la cabeza!"

"Es mi cabeza contra la del Rabino", respondió el Primer Ministro desafiante.

Al día siguiente el rey mandó llamar al Rabino, y cuando éste se presentó en el palacio, le dijo:

"Te ordeno comunicar a los judíos que nadie, ni siquiera tú mismo, amigo, beberá la más ínfima cantidad de vino en el seder, ¡bajo pena de muerte!"

El Rabino se sorprendió y entristeció, pero respondió respetuoso:

"La orden de Su Majestad será obedecida".

Fiel a su palabra, el Rabino hizo llegar sus palabras a todos los judíos de la ciudad:

"Por orden del rey, los judíos tienen prohibido beber vino en el seder; a excepción de ello, el seder deberá celebrarse de la manera usual y con la inspiración y el regocijo habituales; y cada vez que en la Hagadá se requiera beber una copa de vino, se alzará un copa vacía y se recitará la siguiente plegaria: ` ¡Señor del Universo! Tu bien sabes que nosotros deseamos sinceramente cumplir Tu Voluntad, pero su Majestad el rey nos prohibió beber vino esta noche bajo pena de muerte. Dado que, según Tu santa Torá, salvar la vida hace a un lado la Mitzvá de las cuatro copas, imploramos Tu perdón por no beber vino esta noche`.

En la Casa de Huéspedes la mesa estaba tendida para el seder. Ante cada lugar había colocada una Keará -Plato del Seder-, con Matzah, hierbas amargas y los demás articulos requeridos; había inmaculadas copas y vasos, y botellas llenas de vino tinto. Pronto la sala estuvo llena de celebrantes, quienes se sentaron alrededor de la mesa. Entre ellos había dos desconocidos, vestidos tan pobremente como el resto, pero como todos eran forasteros, nadie les prestó particular atención.

Ciertamente, a nadie se le ocurrió pensar que estos dos extraños no eran otros que el rey y su Primer Ministro.

El Rabino llegó, y todos se pusieron de pie respetuosamente en su honor. Se sentó en la cabecera de la mesa y saludó a todos con un cordial "¡Un buen Iom Tov!"

El primer paso del seder era, por supuesto, Kadesh - hacer Kidush sobre la primera de las cuatro copas de vino. El Rabino recordó a todos los invitados el decreto del rey. Los hizo pararse y levantar copas de vino vacías y recitar tras él la plegaria que él mismo había compuesto para esta ocasión: "¡Señor del universo, etc.".

Todos siguieron fielmente las instrucciones del Rabino, y las botellas de vino quedaron sin tocar. En cuanto a todo lo demás, el seder siguió tan alegre e inspirador como siempre.

El rey y su Primer Ministro se quedaron durante todo el seder y oyeron la misma plegaria repetida cuatro veces. Todos, incluyendo al rey, disfrutaron de la comida del seder; la única persona sentada allí como un hombre desconsolado entre novios era el afligido Primer Ministro.

Cuando el seder terminó, el rey y su Primer Ministro abandonaron juntos la Casa de Huéspedes. Antes de separarse ante la puerta del palacio, el rey dijo a su Primer Ministro que no olvidara presentarse ante él al día siguiente, a media tarde.

A la mañana siguiente, el rey envió un mensajero a la casa del Rabino para que lo citara a presentarse en el palacio a media tarde.

En el tiempo prefijado, el Rabino y el Primer Ministro se encontraron en la puerta del palacio, y ambos fueron introducidos ante el rey.

Volviéndose al Rabino, el rey dijo:

"Sin que lo sepas, digno Rabino, yo y mi Primer Ministro fuimos tus invitados en el seder anoche. Estábamos disfrazados, por supuesto, y fuimos a verificar con nuestros propios ojos si obedecerías mi ordenanza. El necio Primer Ministro había jugado su cabeza, asegurándome que no lo harías. Me alegra que cumplieras fielmente mi orden; aunque lamento sinceramente haberte ocasionado, a ti y a todos los judíos, innecesaria aflicción al entrometerme en tu sagrada celebración de Pesaj.

Pero el Primer Ministro debe pagar por su insensatez. Lo pongo en tus manos: ¡elige cualquier tipo de muerte para él, y así se hará!"

"Majestad", contestó el Rabino, "desde que perdimos nuestro Gran Templo en Jerusalén, ninguna Corte Rabínica está autorizada a pronunciar una sentencia de muerte sobre nadie".
"En ese caso", dijo el rey, "yo pronunciaré su sentencia de muerte: ¡será colgado públicamente de inmediato!"

Luego, el rey dijo al Rabino que el decreto que prohibía beber vino quedaba sin efecto, y que ahora podía comunicar a todos los judíos que podían beber nuevamente todo el vino que quisieran.

La feliz noticia se difundió rápidamente entre los judíos y fue recibida con gran júbilo. El segundo seder fue celebrado con extraordinario regocijo y profunda gratitud al Omnipotente, celebrando no solamente los milagros y las maravillas de la liberación de Egipto, sino también el milagro sucedido con ellos al librarse de un feroz enemigo.

Fue el Pesaj más feliz que hubieran celebrado alguna vez